Cambiar de formato

Hace unos días vi Los Vengadores en mi casa. Por cierto, me habían hablado tan bien de ella que me defraudó bastante. El caso es que hasta hace poco, si quisiera haberla visto cuando y como me apeteciese debería haberme acercado al Carrefour o la FNAC a comprarla o a un videoclub a alquilarla. Ahora puedo hacerlo sin levantarme del sofá (que no es precisamente lo que más me conviene).

Cada día veo más conferencias en Internet. Da igual donde se produzcan. El caso es que lo que hasta ahora era inaccesible o implicaba un gran esfuerzo de movimiento de átomos, ahora no es necesario. Puedo ver a ponentes imponentes sin levantarme del sofá (que no es precisamente lo que más me conviene).

El domingo, antes de coger el tren que me llevaría a Mérida en donde ayer impartí un taller para un grupo de parlamentarios, me tomé un yogur con arándanos en una de esas nuevas cadenas en las que te lo preparan a tu gusto. (Creo que un yogur me conviene más que un helado de Burger King). Hasta hace poco debería haberme conformado con un yogur envasado que posiblemente no encontraría en las tiendas de la estación.

Pongo estas tres situaciones cotidianas como ejemplo de algo que se está produciendo en todas partes, desde los viajes hasta la alimentación, desde la música o el cine hasta búsqueda de información (en mis tiempos, quienes tenían una enciclopedia Larousse para hacer los trabajos del cole tenían una gran ventaja competitiva. Hoy no). Quizás el «producto» sigue siendo el mismo, pero los formatos están cambiando. En realidad, los más puristas dirán que si hay un cambio de formato, también cambia el producto, pero tu me entiendes.

Pues bien, aunque todo esto está sucediendo a nuestro alrededor, parece que hay un bloqueo generalizado a la hora de cambiar el formato de la oferta, del «producto», de la forma de entregar el trabajo por parte de muchos profesionales.

Muchos profesionales se siguen comportando como las viejas glorias del teatro. Tienen que subirse todos los dias a su escenario-cubículo a representar su obra. Y eso es independiente de que haya o no público. Lo importante es mover átomos Y hacer acto de presencia.

Evidentemente hay profesionales que deben estar donde hay que producir, pero para muchos otros, es bastante absurdo seguir manteniendo formatos obsoletos.

La inmensa mayoría de profesionales que trabajan en oficinas o en empresas y que se pasan el día delante de un ordenador o hablando con gente por teléfono podrían «reenvasar» su oferta, su trabajo, sus servicios.

Una gran parte de la formación puede ser reempaquetada en forma de videos o podcasts. Lo que permite llegar a más gente, en cualquier momento del día y a un coste mucho menor. Para asesorar a una empresa no hay que «vivir» en ella. Aunque eso parece que forma parte del espectáculo y por lo tanto se incluye en el precio.

Un «empleado» que trabaja con un contrato indefinido (siempre me ha encantado que la gente esté ilusionada por tener algo indefinido) podría darse cuenta que lo que está haciendo para un único cliente podría venderlo a muchos otros. ¿Porqué tener un contrato de exclusividad cuando la otra parte puede romperlo cuando le venga en gana? ¿Porqué pasarse la vida preparando powerpoints al plasta de tu jefe cuando podrías hacer cosas más interesantes para varios?
¿Y si en lugar de trabajar de 9 a 17 (o 18, o 20, o 22) cinco días a la semana, trabajas cinco horas por la mañana (o por la tarde) todos los días del año o 10 horas durante dos días o…?

Muchos ya estamos cambiando nuestros formatos. Este año quiero hacer unas cuantas cosas para vender mi trabajo en La Red, quiero probar y seguramente equivocarme experimentando con nuevos caminos para entregar mi «producto». Quiero investigar nuevas formas de asesoría online.

Es muy fácil criticar al negocio de la música, del cine, la prensa o los libros diciendo que son unos inútiles por no darse cuenta que los formatos y la forma de consumir han cambiado. Y eso seguramente es lo mismo que les ocurre a quienes trabajan delante de un ordenador, en un cubículo en unas oficinas grises en un polígono industrial. Ya sabes, es aquello de la paja y la viga.

Seguramente me dirás que esto que te digo es una de mis pajas mentales, que esto no va contigo, que tu «tienes» que seguir haciéndolo así porque es lo que se ha hecho siempre. Te felicito, estás pensando como un sindicato o una multinacional… del negocio de la música. Mientras tanto, otro, en cualquier lugar estará dispuesto a hacer una parte de tu trabajo (o todo) porque tu piensas que para hacer unas llamadas o crear una hoja Excel con unos presupuestos es imprescindible tener un contrato fijo y desplazar átomos durante un par de horas cada día para calentar una silla.

Hay gente ahí fuera que busca profesionales que puedan añadir «toppings» a su oferta, que adapten el volumen a las necesidades, que incluyan novedades, que sean capaces de mantener una relación sólida con su «cliente-empleador» aunque no se lleguen a ver nunca porque están a cientos o miles de kilómetros… y que trabajen para quienes mejor valoran lo que hacen.

Quizás pienses que te pagan por estar o algo peor, por parecer. Confundes el medio con el mensaje. Pero si sigues confundiendo tu oferta, tu «core business» con el formato o la forma en que lo realizas entonces espero que tengas mucha suerte. La vas a necesitar.

(Este post lo publico más tarde de lo habitual porque lo escribo en el tren de vuelta. Es lo que ocurre cuando se siguen moviendo átomos, pero al menos me he liberado de la esclavitud del cubículo).





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