El perfeccionismo profesional no siempre mejora tu trabajo: a veces solo retrasa el momento de ponerlo a prueba
Hay una forma de posponer lo importante que tiene bastante buena reputación: seguir trabajando.
No parece que estés evitando nada porque estás ocupado. Revisas otra vez la presentación. Cambias dos párrafos del informe. Buscas una herramienta mejor. Retocas la propuesta. Haces otro curso antes de ofrecer el servicio. Preparas durante semanas una publicación que quizá podrías haber escrito en una tarde.
Desde fuera, incluso puede parecer responsabilidad, rigor o compromiso con la calidad. Pero existe una pregunta que conviene hacerse de vez en cuando:
¿Estoy mejorando realmente el trabajo o estoy retrasando el momento en que otros podrán juzgarlo?
Ahí está una de las diferencias más importantes entre la excelencia y el perfeccionismo.
El problema no es querer hacer las cosas bien
En el mundo profesional hay motivos de sobra para cuidar lo que hacemos. Un error puede costar dinero, deteriorar una relación, perjudicar nuestra reputación o generar problemas a otras personas.
Así que eso de «hecho es mejor que perfecto» tampoco debería convertirse en una licencia para entregar cualquier chapuza.
El problema aparece cuando confundimos dos preguntas que parecen iguales, pero no lo son:
¿Podría mejorar esto?
¿Necesito mejorarlo antes de continuar?
La respuesta a la primera casi siempre será sí.
Puedes mejorar una presentación, un producto, una propuesta comercial, un artículo, una web, una clase, un currículum o un proyecto prácticamente hasta el infinito.
Siempre puedes encontrar otra frase que cambiar, otro dato que añadir, otro diseño que probar o una posibilidad que investigar. Pero que algo pueda mejorarse no significa que deba seguir mejorándose antes de salir al mundo.
El perfeccionismo comienza a ser un problema cuando la posibilidad de mejorar se convierte en una condición para actuar.
Hay mejoras que aumentan el valor y mejoras que solo retrasan la entrega
Imagina que preparas una propuesta para un posible cliente. La primera hora puede cambiar mucho el resultado. Ordenas las ideas, entiendes el problema, defines la solución.
Las siguientes horas también pueden ser importantes. Revisas cifras, eliminas errores, aclaras conceptos. Pero llega un momento en el que empiezas a discutir contigo mismo durante veinte minutos sobre el tamaño de un título.
Y después cambias una palabra. Luego vuelves a poner la anterior. Técnicamente, continúas «trabajando en la propuesta». Pero eso no significa necesariamente que estés aumentando su valor.
Aquí aparece un criterio profesional mucho más útil que la perfección: el rendimiento marginal del esfuerzo. No todas las horas invertidas producen la misma mejora.
Puede llegar un momento en el que dedicar tres horas adicionales a un proyecto apenas modifique lo que percibirá quien lo reciba. Y esas tres horas ya no podrán utilizarse para buscar otro cliente, preparar otro proyecto, aprender algo importante o, sencillamente, descansar.
Por eso terminar también es una competencia profesional.
A veces el perfeccionismo no protege la calidad, sino al autor
Hay otra cuestión menos agradable. Mientras un proyecto permanece en nuestro ordenador podemos seguir imaginando que es estupendo. Cuando lo enviamos, publicamos, presentamos o vendemos, la realidad adquiere derecho a voto.
Puede gustar o no gustar. El cliente puede decir que no. Alguien puede detectar un error. Una publicación puede pasar inadvertida. Una idea que nos parecía fantástica puede provocar una indiferencia bastante humillante.
Seguir perfeccionando permite retrasar ese momento. Por eso el perfeccionismo puede convertirse en una sofisticada estrategia para evitar la exposición. Mientras todavía estoy preparando algo, todavía no he fracasado.
Naturalmente, tampoco he tenido éxito. Y, sobre todo, no he aprendido nada de la realidad.
La calidad no se construye únicamente antes de actuar
Una de las trampas profesionales más frecuentes consiste en creer que debemos estar completamente preparados antes de empezar.
Primero quiero saber más. Primero necesito otra certificación. Primero tengo que mejorar mi web. Primero debo definir perfectamente mi posicionamiento. Primero necesito tener claro todo el proyecto.
El problema es que buena parte de la información que necesitamos solo aparece después de actuar.
Puedes dedicar semanas a imaginar qué quiere un cliente o enseñarle una primera propuesta y descubrirlo en veinte minutos. Puedes preparar durante meses un servicio perfecto o probar una versión sencilla con tres clientes. Puedes estudiar minuciosamente qué contenidos interesarán a tu audiencia o publicar diez y observar qué ocurre.
No se trata de sustituir la reflexión por la improvisación. Se trata de comprender que hay cosas que se aprenden pensando y otras que solo pueden aprenderse chocando con la realidad.
Una primera versión tiene una ventaja enorme sobre una versión perfecta: existe.
Y precisamente porque existe puede recibir críticas, generar datos, revelar errores y mostrar posibilidades que no habíamos previsto.
«Suficientemente bueno» no significa mediocre
La expresión puede provocar rechazo en personas exigentes. Parece una invitación a conformarse. No debería serlo.
Un trabajo suficientemente bueno es aquel que cumple correctamente su función en el momento y las condiciones en que debe utilizarse.
Eso obliga a definir qué significa «correctamente».
No requiere el mismo nivel de precisión una nota interna que un contrato. Ni una conversación preliminar que una propuesta definitiva. Ni un prototipo que un producto consolidado. Ni una publicación ocasional que un libro.
El estándar debería depender del propósito, las consecuencias del error, los recursos disponibles y el momento del proyecto. El perfeccionista, en cambio, puede aplicar prácticamente el mismo mandato a todo: podría estar mejor. Y como eso siempre es cierto, nunca aparece una señal clara para terminar.
«Suficientemente bueno» no responde a la pregunta «¿puedo mejorarlo?», sino a «¿cumple ya su función?»
Esa diferencia parece pequeña, pero cambia completamente la forma de trabajar.
El coste oculto de no terminar
Normalmente vemos con facilidad los riesgos de actuar.
Si envío esto, puedo equivocarme. Si propongo esta idea, pueden rechazarla. Si publico, pueden criticarme. Si cambio de trabajo, puede salir mal. Si lanzo un proyecto, quizá no funcione.
Lo que vemos bastante peor son los riesgos de no actuar. Porque no hacer algo no produce un acontecimiento visible. Simplemente deja de producirse algo que podría haber ocurrido.
No enviaste la propuesta. No conociste al posible cliente. No descubriste que tu idea necesitaba un cambio. No adquiriste experiencia. No apareció la oportunidad siguiente.
La inacción también tiene consecuencias, solo que muchas veces no podemos observarlas.
Y eso hace que parezca más segura de lo que realmente es. Puedes protegerte durante años de cometer determinados errores a cambio de cometer uno mucho mayor: no avanzar.
El perfeccionismo también distorsiona la interpretación de los errores
El problema aumenta cuando un error deja de describir algo que hemos hecho y empieza a describir quiénes somos.
«Este informe tiene un error» puede convertirse en «soy un desastre».
«No me han seleccionado» se transforma en «no valgo».
«Este proyecto no ha funcionado» termina significando «no sirvo para emprender».
Son conclusiones desproporcionadas.
Un resultado concreto contiene información sobre ese resultado; no es una evaluación completa de tu identidad profesional.
Parece evidente cuando se formula así. No siempre resulta tan evidente cuando somos nosotros quienes acabamos de meter la pata.
Por eso es útil separar tres elementos: qué ha ocurrido realmente, cómo lo estamos interpretando y qué emoción nos produce.
Los tres importan, pero no son lo mismo.
Sentirse incompetente no demuestra ser incompetente. Recibir una crítica no significa que toda la crítica sea correcta. Cometer un error tampoco convierte todo el trabajo en un error.
Recuperar esos matices reduce la necesidad de producir resultados impecables para proteger nuestra autoestima.
El perfeccionismo puede convertirte además en un cuello de botella
El problema no afecta únicamente al trabajo individual.
También aparece cuando dirigimos proyectos o trabajamos con otras personas.
Si necesitas revisar personalmente cada documento, corregir cada detalle y asegurarte de que todo se hace exactamente como tú lo harías, probablemente terminarás diciendo una frase bastante conocida:
«Al final tardo menos si lo hago yo».
Puede que sea cierto.
Especialmente las primeras veces.
Pero si siempre lo haces tú, la otra persona tampoco desarrolla el criterio necesario para hacerlo mejor la siguiente vez.
Se crea entonces un círculo bastante eficaz: como nadie lo hace exactamente como tú quieres, intervienes; como intervienes continuamente, los demás dependen cada vez más de ti; y esa dependencia confirma tu impresión de que debes intervenir.
Has conseguido ser imprescindible.
También has conseguido que todo pase por tu mesa.
El perfeccionismo individual puede acabar convirtiéndose en un problema de diseño del trabajo.
Delegar no consiste en conseguir que otra persona reproduzca exactamente nuestra forma de hacer las cosas. Consiste en establecer resultados, criterios y límites suficientemente claros para que pueda asumir responsabilidad.
Conviene definir el final antes de empezar
Una manera práctica de evitar la mejora infinita consiste en decidir los criterios de finalización antes de entrar en el proyecto.
Por ejemplo:
- ¿Qué tiene que cumplir necesariamente este trabajo?
- ¿Qué errores serían realmente importantes?
- ¿Qué elementos son deseables pero no imprescindibles?
- ¿Cuánto tiempo tiene sentido invertir?
- ¿Quién va a utilizarlo y para qué?
- ¿Qué podría mejorarse en una segunda versión?
Estas preguntas establecen una frontera.
Sin ella, el criterio para terminar acaba siendo emocional: «cuando me parezca que está perfecto».
Mala noticia: probablemente no ocurrirá.
Siempre conocerás el proyecto mejor que quien lo recibe. Siempre verás defectos que otros ni siquiera percibirán. Y cuanto más tiempo pases trabajando en él, más fácil será encontrar cosas que retocar.
Definir qué significa terminado permite sustituir una sensación imposible de satisfacer por unos criterios profesionales.
Publicar, entregar o decidir también forman parte del trabajo
Tendemos a pensar que trabajar consiste en producir y mejorar. Pero entregar forma parte del trabajo. Decidir forma parte del trabajo. Exponerse a una respuesta forma parte del trabajo. Y terminar forma parte del trabajo.
No porque debamos acostumbrarnos a hacer las cosas deprisa y mal, sino porque la calidad profesional no consiste en eliminar cualquier imperfección; consiste en utilizar bien los recursos para producir resultados útiles.
Habrá trabajos en los que una revisión adicional sea imprescindible. Y habrá otros en los que esa revisión número diecisiete solo esté comprando un poco más de tranquilidad antes de pulsar «Enviar». Conviene aprender a distinguirlos.
Porque quizá la pregunta importante no sea si aquello que estás haciendo todavía podría mejorar. Seguramente podría.
La pregunta es otra:
¿Seguir mejorándolo aportará más valor que ponerlo ya en circulación y aprender de lo que ocurra?
