Internet. El día que perdí Twitter

La semana pasada decidí cambiar mi clave de X porque hacía tiempo que no la modificaba. Ahí empezó una pequeña pesadilla.

Parecía que había hecho todo bien, pero empezó a darme problemas de acceso tanto desde el móvil como desde los ordenadores. No había manera de acceder ni con claves, ni con confirmaciones de número de teléfono, ni solicitando un cambio de clave. Bueno, ya sabes como son estas cosas cuando deciden complicarte la vida.

Eso fue por la noche, así que, tras pelearme un poco con la aplicación, decidí irme a la cama con cierta preocupación. A la mañana siguiente lo volví a intentar, pero nada. Aquello pintaba fatal. Decidí olvidarme durante un rato porque tenía que acudir a un evento. Pero seguía entre cabreado y preocupado. Más lo primero que lo segundo.

Cuando volví a retomarlo y tras pelearme con otras formas de solucionarlo, conseguí acceder y todo quedó resuelto.

Lo importante de esta historia para mí, no es la parte técnica, sino lo que sentí a lo largo del proceso.

El mosqueo

Cuando las cosas van bien, ni siquiera pensamos en lo complicado que es lo que estamos haciendo. Consideramos como algo natural poder escribir en un blog, subir imágenes, publicar un tuit o realizar videoconferencias.

Afortunadamente todo es mucho más estable que hace unos cuantos años en los que los programas fallaban y saltaba la famosa pantalla azul. Quizás por eso, cualquier problema nos desequilibra más que antes.

Así que, mi primera reacción fue la de enfado. Estaba cansado, acababa de impartir un webinario de dos horas y me apetecía desconectar. Pero los dioses dospuntocero decidieron jugar un poco.

Supongo que hay personas que se toman estas cosas con más tranquilidad y estoicismo, pero a mi me ponen de los nervios. Por lo tanto, en esos momentos de crisis empiezas a pensar si merece la pena seguir dedicando tiempo a tantas herramientas.

La pena

Durante esas horas en las que perdí X, especialmente cuando ves que hagas lo que hagas aquello no revive, se te pasan algunas ideas por la cabeza. Una de ellas es la de abandonar.

Cuando empiezas a asumir que la herramienta ha muerto, tu cabeza se adapta y comienza a cambiar el enfoque.


Se te pasan por la mente ideas como, «bueno, ya hace tiempo que no me aportaba demasiado», «en realidad me viene bien no tener que tomar la decisión de abandonar que ya llevaba tiempo planteándome».

Pero al mismo tiempo y casi de forma simultanea, tienes otras voces interiores que te dicen cosas como, «Llevo 16 años utilizando esta herramienta y me da pena dejarlo de golpe y sin decidirlo yo» o «¿Cómo voy a hablar o criticar esto si no lo utilizo?» o «Hace tiempo que X se ha convertido en un sitio desagradable, pero me permite informarme mucho antes que en los medios» o «¿Se van a enfadar mis amigos si, de pronto, dejo de retuitear sus contenidos?».

Total, que algo tan irrelevante como una herramienta dospuntocero te complica un poco la vida durante unas cuantas horas y te planteas si tiene sentido esta dinámica en la que nos hemos metido.

Incluso envidias a quienes nunca se han metido en estas cosas y parecen tan felices.

El alivio

Cuando todo se soluciona se te olvidan todas las emociones que han pasado por tu cabeza. Incluso te sientes bien, te provoca un subidón recuperar la normalidad. Es un poco triste decirlo, pero no creo que sea muy diferente de las cinco etapas del duelo (la negación, la ira, la negociación, la depresión y la aceptación).

Pero lo interesante de todo esto es sacar algunas lecciones.

¿Realmente merece la pena seguir pagando el peaje emocional y temporal de seguir utilizando plataformas digitales que hace mucho tiempo que dejaron de cumplir con tu objetivos?

¿Qué pasa si, en lugar de esperar a que esas herramientas fallen, dejen de ser útiles o sean cerradas, somos nosotros quienes tomamos la decisión de dejarlo («no eres tú, soy yo»)?

¿Cuánto pierdes si decides romper con esta dinámica Sísifo de subir la piedra digital cada día?

Creo que, al final, el problema de lo dospuntocero no son las complicaciones técnicas o los fallos que nos complican la vida sino lo ceropuntocero, esa conversación contigo mismo que te hace sentir mal por algo tan irrelevante o que te impide tomar una decisión racional porque estás lleno de creencias y prejuicios.

Me imagino que, como tantas otras veces, este incidente ridículo quedará en el olvido y seguiré pagando el impuesto emocional y de horas… hasta la siguiente.





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