Hablar en público para que te recuerden por algo

Hablar en público parece una oportunidad estupenda para demostrar todo lo que sabes. Y precisamente ahí empieza el problema.

Te invitan a una charla, una reunión importante, un webinar o una sesión interna y piensas que, ya que tienes la atención de varias personas durante unos minutos, conviene aprovecharla. Así que añades otro dato, otra diapositiva, otro concepto y ese ejemplo que demuestra que dominas el asunto. Al fin y al cabo, cuanto más valor aportes, mejor.

No necesariamente.

Puedes terminar una intervención entre aplausos y haber desaprovechado una magnífica oportunidad para tu Marca Personal. Porque ser visible no significa estar posicionado. Que cincuenta personas sepan quién eres sirve de bastante poco si ninguna sabe decir por qué debería acordarse de ti.


Hablar en público no consiste solo en presentar bien. Es una oportunidad para hacer visible cómo piensas.

Y eso cambia bastante las reglas del juego.

Mientras hablas, también estás siendo evaluado

Cuando explicas algo ante un grupo, la audiencia recibe dos mensajes simultáneamente.

Uno es evidente: el contenido de tu intervención.

El otro es menos visible, pero probablemente más importante para tu Marca Personal. Mientras hablas, quienes te escuchan descubren cuánto sabes, cómo ordenas las ideas, si entiendes sus problemas, cómo respondes ante una duda, qué criterio utilizas para distinguir lo importante de lo accesorio y si eres capaz de hacer comprensible algo complejo.

En una conversación individual puedes mostrar todo eso ante una persona. En una intervención pública puedes hacerlo ante decenas o cientos simultáneamente.

Ese es el auténtico valor del medio alcance: conserva parte del contacto humano del uno a uno y, al mismo tiempo, multiplica el número de personas que pueden experimentar directamente lo que aportas.

Pero los amplificadores tienen una característica poco considerada: amplifican lo bueno y lo malo con admirable imparcialidad.

Si tienes criterio, se nota. Si conoces el asunto, también. Pero si eres confuso, superficial, arrogante o incapaz de distinguir lo relevante de lo accesorio, tampoco necesitas muchas intervenciones para conseguir que se sepa.

Por eso subir a un escenario, intervenir en una reunión o impartir un taller no fortalece automáticamente tu Marca Personal. Simplemente aumenta tu exposición.

Lo que ocurra después depende de lo que hagas con ella.

No necesitas demostrar todo lo que sabes

Imagina a una ingeniera brillante que recibe la oportunidad de explicar su especialidad ante responsables de otras áreas de la empresa.

Quiere demostrar que merece estar allí, así que prepara cuarenta minutos impecables. Datos, metodología, precisión técnica, gráficos y conclusiones. No comete un solo error.

Cuando termina, todo el mundo tiene claro que sabe muchísimo.

Lo que no tienen tan claro es para qué podrían contar con ella.

Es un fracaso bastante sofisticado porque parece un éxito.

El objetivo de una intervención profesional no debería ser demostrar cuánto sabes, sino conseguir que lo que sabes resulte relevante para quienes te escuchan.

Eso exige renunciar.

Renunciar a conceptos que te encantan pero que no aportan nada al mensaje. A datos que demuestran tu dominio pero no ayudan al público. A historias estupendas que funcionan mejor que la idea que deberían ilustrar. Incluso a algunas diapositivas que te ha costado muchísimo preparar, tragedia que deberás superar en privado.

La pregunta útil antes de preparar una intervención no es «¿qué puedo contar?».

Es otra: «¿Qué quiero que estas personas comprendan y con qué quiero que me asocien cuando termine?»

A partir de ahí puedes decidir qué merece entrar.

La atención no viene incluida con la silla

Tener una audiencia delante produce otra ilusión curiosa: pensar que, porque las personas están físicamente presentes, también están prestando atención.

No funciona así.

Puedes tener cincuenta cuerpos en una sala y una cantidad bastante inferior de mentes contigo.

Para recuperar y mantener la atención puedes cambiar el ritmo, contar historias, plantear preguntas, utilizar ejemplos, introducir humor o hacer participar al público. Todo eso funciona.

Hasta que deja de funcionar porque empiezas a enamorarte de los recursos.

Hay presentaciones con historias, emociones, dinámicas, preguntas y participación en las que al final nadie recuerda de qué demonios iba aquello.

Una emprendedora puede conseguir que todo el mundo recuerde su divertida anécdota personal y que nadie sepa explicar qué problema profesional resuelve. Ha creado una experiencia memorable, sí. El inconveniente es que la experiencia se ha vuelto más memorable que su aportación.

Las historias no son el mensaje. Las dinámicas tampoco. Ni siquiera las diapositivas, aunque algunos profesionales parezcan mantener con PowerPoint una relación afectiva difícil de explicar.

Son herramientas.

Su función es conseguir que la idea llegue mejor, no competir con ella por el protagonismo.

Tu público también está hablando mientras tú hablas

Hay una diferencia importante entre dar una presentación y comunicarte con una audiencia.

En el primer caso ejecutas un guion.

En el segundo observas qué está ocurriendo.

Un director presenta un proyecto de transformación ante su equipo. Lleva quince minutos hablando y empieza a detectar brazos cruzados, miradas perdidas y ese silencio que oficialmente significa «todo entendido» y con frecuencia significa exactamente lo contrario.

Tiene dos opciones.

Puede acelerar porque todavía le quedan veintisiete diapositivas.

O puede detenerse y preguntar qué está generando dudas.

Si lo hace, quizá descubra una objeción que ni siquiera había contemplado. Habrá perdido diez minutos de presentación, pero habrá ganado la conversación que necesitaba tener.

Preparar bien una intervención no significa volverla inamovible. Significa dominarla lo suficiente para poder modificarla sin perder el rumbo.

Eso requiere mirar más al público y menos a la pantalla.

Las caras, los gestos, las preguntas, el silencio o la distracción también forman parte de la conversación. Ignorarlos para respetar el guion es una forma bastante peculiar de profesionalidad: cumplir perfectamente el plan mientras pierdes a las personas para quienes lo habías preparado.

Hablar también puede cambiar cómo te perciben profesionalmente

No necesitas ser conferenciante para utilizar el medio alcance como herramienta de posicionamiento.

Piensa en alguien que trabaja en operaciones pero quiere orientar su carrera hacia la automatización. Su puesto actual no permite que los demás perciban fácilmente esa capacidad. Puede esperar a que alguien intuya su potencial, cambie su cargo y entonces le conceda oportunidades.

También puede hacer algo bastante menos mágico.

Puede proponer una sesión interna en la que explique tres procesos que ha mejorado, qué problemas encontró y cómo razonó las soluciones.

Esa intervención no lo convierte automáticamente en experto en automatización. Lo que hace es proporcionar evidencias para que otras personas empiecen a asociarlo con esa capacidad.

Y esa distinción importa.

Tu Marca Personal no cambia porque declares que quieres posicionarte de determinada manera. Cambia cuando los demás acumulan experiencias suficientes para empezar a percibirte así.

Una reunión, una charla, una clase, un panel, un taller o un webinar pueden proporcionar esas experiencias.

Por eso tampoco deberías considerar que la intervención termina con el aplauso. Puede continuar en una conversación posterior, un contacto, una colaboración, una invitación o simplemente en alguien que meses después recuerde: «Conozco a una persona que sabe de esto».

Ahí es donde una intervención empieza a producir efectos profesionales.

No necesitas salir de cada charla con cien contactos ni convertir cada presentación en una operación comercial encubierta. Necesitas algo bastante más sencillo y bastante más difícil: que quienes te han escuchado puedan responder con claridad a una pregunta.

«¿Por qué merece la pena acordarse de ti?»

Si antes de hablar no tienes una buena respuesta, quizá todavía no deberías abrir PowerPoint.

Compartir esta publicacion

Deje un Comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

You may use these HTML etiquetas y atributos: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>
*
*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.