Haz que trabajar contigo sea fácil: la etiqueta profesional también construye tu Marca Personal
Hay profesionales que entran en una reunión y, sin hacer nada extraordinario, consiguen que todo resulte más sencillo. Llegan a tiempo, saben cuándo hablar, escuchan, no convierten cada discrepancia en una batalla y, cuando termina la reunión, dejan bastante claro qué van a hacer y cuándo.
También están los otros.
Los que llegan cinco minutos tarde porque cinco minutos «no son nada». Los que miran el móvil mientras hablas, interrumpen para demostrar que ya habían pensado lo que acabas de decir, envían correos escritos en pleno calentón y consideran que dar las gracias es una concesión innecesaria a la diplomacia internacional.
Curiosamente, ambos pueden ser técnicamente excelentes.
Y ahí aparece uno de esos aspectos de la vida profesional que apenas se enseñan y que, sin embargo, terminan teniendo una influencia enorme en una carrera: no basta con ser bueno en lo que haces; también importa cómo es la experiencia de trabajar contigo.
La etiqueta profesional no consiste en saber qué tenedor utilizar
Durante mucho tiempo hemos asociado la etiqueta profesional con el protocolo, la vestimenta o ciertas normas de comportamiento algo anticuadas. Una especie de manual para saber quién entra primero por una puerta o cómo sentarse en una comida de negocios.
Pero esa visión se queda muy corta.
La etiqueta profesional tiene una finalidad bastante más práctica: reducir las fricciones que generamos cuando trabajamos con otras personas. Y eso afecta a cuestiones mucho más cotidianas: llegar puntual, respetar una conversación, saber discrepar, utilizar correctamente el correo, no invadir el espacio ajeno o entender que una oficina compartida no es una extensión de tu salón.
Muchas de esas pequeñas reglas tienen bastante más que ver con la estrategia profesional de lo que parece. Porque todas ellas terminan respondiendo a una pregunta muy sencilla: ¿qué sienten los demás cuando tienen que trabajar contigo?
Tu comportamiento también forma parte de tu Marca Personal
Solemos hablar de Marca Personal pensando en visibilidad, posicionamiento, comunicación o diferenciación. Todo eso importa, naturalmente. Pero existe una parte mucho menos vistosa y probablemente más poderosa: el comportamiento.
Puedes escribir artículos magníficos en LinkedIn y tener una propuesta profesional perfectamente definida. Pero si llegas tarde sistemáticamente, no respondes, monopolizas las reuniones o tratas de forma distinta al director general y a quien está en recepción, estás comunicando algo mucho más convincente que cualquier publicación.
Tu Marca Personal no es solamente lo que dices de ti. También es el patrón de comportamiento que los demás aprenden a esperar de ti.
Ahí es donde los pequeños hábitos adquieren importancia. Cumplir un plazo, avisar cuando no vas a poder hacerlo, preparar una reunión o responder a un mensaje no produce grandes titulares. Nadie suele felicitarte por ello.
Pero cuando lo haces de manera consistente ocurre algo mucho más interesante: las personas dejan de preocuparse por ti. Saben que cumplirás, que avisarás o que responderás.
Eso se llama confianza.
Ser fácil de tratar es una ventaja profesional
En una carrera profesional llega un momento en el que la competencia técnica deja de ser suficiente para diferenciarte. Hay muchas personas capaces de preparar una presentación, analizar unos datos, gestionar un proyecto o resolver un problema.
Entonces empiezan a pesar otras variables.
¿Con quién preferirías volver a trabajar? ¿Con alguien brillante pero imprevisible, o con alguien competente que además cumple sus compromisos, escucha, mantiene la calma y facilita las cosas?
La respuesta parece evidente cuando somos nosotros quienes elegimos. Resulta menos evidente cuando pensamos en nuestro propio comportamiento.
Hacer fácil trabajar contigo es una ventaja competitiva que rara vez aparece escrita en una descripción de puesto. Sin embargo, influye en recomendaciones, promociones, proyectos, contrataciones y oportunidades.
Esto es todavía más importante para un profesional independiente. Cuando trabajas por tu cuenta, no existe una gran marca corporativa que amortigüe tus errores. Tú eres el proveedor, el departamento comercial, el servicio posventa y, con frecuencia, también quien responde al teléfono.
Un cliente puede contratarte por lo que sabes. Pero suele volver a contratarte por la confianza que genera trabajar contigo.
La reputación se construye cuando aparentemente no ocurre nada
Uno de los errores habituales al hablar de reputación profesional consiste en fijarnos demasiado en los grandes momentos: una conferencia, una negociación importante, un proyecto exitoso o una presentación ante la dirección.
La mayor parte de nuestra reputación se construye de una forma bastante menos cinematográfica.
Un lunes cualquiera llegas a una reunión. Alguien está hablando. Escuchas. Tomas unas notas. No miras el teléfono. Cuando discrepas, atacas el argumento y no a la persona. Al terminar, cumples lo acordado.
No parece gran cosa.
Repítelo durante meses.
La reputación profesional es la acumulación de comportamientos suficientemente pequeños como para que nadie les preste atención por separado.
Y funciona también en sentido contrario. Una interrupción puede olvidarse. Veinte interrupciones empiezan a definirte. Llegar tarde una vez es una circunstancia. Llegar tarde habitualmente se convierte en una característica personal.
Por eso la etiqueta tiene mucho más que ver con los hábitos que con el protocolo.
La educación demuestra su valor cuando las cosas se complican
Es relativamente fácil comportarse correctamente cuando todo funciona. La verdadera prueba llega cuando alguien cuestiona tu propuesta, un compañero comete un error, un cliente se enfada o recibes una crítica que consideras injusta.
Ahí aparece la diferencia entre reaccionar y responder.
Mantener la calma no significa aceptar cualquier cosa. Puedes defender con firmeza una posición, decir que no, señalar un error o establecer límites. La educación profesional no consiste en ser dócil.
Puedes ser firme sin ser agresivo, directo sin ser desagradable y crítico sin convertir a la otra persona en el problema.
Para alguien que busca autonomía profesional, esta capacidad es especialmente importante. Cuanta más responsabilidad asumes sobre tu carrera, más conversaciones difíciles tendrás que mantener: negociar condiciones, rechazar proyectos, corregir colaboradores, defender precios o terminar relaciones profesionales.
La etiqueta no elimina esos conflictos. Te proporciona criterios para gestionarlos sin deteriorar innecesariamente tu reputación.
Lo digital también tiene etiqueta
Buena parte de nuestra vida profesional ya no ocurre delante de otra persona. Ocurre en una bandeja de entrada, un chat o una videollamada.
Y las pantallas han conseguido algo curioso: que algunas personas escriban cosas que jamás dirían mirando a alguien a los ojos.
Un correo enviado enfadado puede permanecer durante años. Un mensaje ambiguo puede generar una cadena absurda de respuestas. Una videollamada en la que haces otras cosas mientras alguien habla comunica perfectamente cuál es tu nivel de interés.
La tecnología cambia el canal, pero no elimina la necesidad de tener criterio.
Antes de enviar un mensaje delicado merece la pena releerlo. Antes de iniciar una interminable cadena de correos quizá convenga llamar. Antes de utilizar la mensajería instantánea hay que preguntarse si lo que necesitamos es realmente una respuesta instantánea.
Son decisiones pequeñas. Precisamente por eso repetimos cientos de ellas.
La etiqueta profesional es una estrategia de confianza
Reuniones, saludos, conversaciones, espacios compartidos, dispositivos, privacidad, relaciones con jefes y compañeros, comidas, visitas, celebraciones o conflictos parecen asuntos independientes. En realidad, todos tienen un denominador común: muestran cómo gestionamos nuestra relación con los demás.
No se trata de convertir el trabajo en un ceremonial lleno de reglas. Todo lo contrario.
La buena etiqueta debería hacer las relaciones más sencillas, no más artificiales. Se trata de desarrollar el criterio necesario para saber qué comportamiento facilita la convivencia, protege tu reputación y hace que otras personas puedan confiar en ti.
Las reglas concretas cambian. Lo que se considera apropiado en una empresa puede resultar excesivamente formal en otra. También cambian los sectores, las generaciones, las culturas y las formas de trabajar. Por eso memorizar normas sirve de poco si no entendemos el principio que hay detrás.
Y ese principio es bastante estable: procura que tu comportamiento no añada dificultades innecesarias al trabajo de los demás.
Haz que quieran volver a trabajar contigo
Puedes invertir mucho tiempo en mejorar tus conocimientos, construir visibilidad y definir tu posicionamiento. Deberías hacerlo. Todo eso forma parte de una buena estrategia profesional.
Pero hay otra inversión bastante más sencilla.
Llegar cuando has dicho que llegarás. Escuchar. Responder. Agradecer. Respetar el tiempo ajeno. Saber guardar una confidencia. Reconocer un error. Discrepar sin montar un espectáculo. Tratar bien a alguien aunque no pueda hacer nada por ti.
La profesionalidad también se demuestra cuando no estamos intentando demostrar que somos profesionales.
Quizá esa sea la mejor manera de entender la etiqueta de negocios y también una parte esencial de la Marca Personal. No consiste en parecer importante ni en impresionar a quienes tienes delante. Consiste en construir, interacción tras interacción, una reputación que haga que los demás confíen en ti.
Porque los conocimientos pueden conseguir que alguien quiera trabajar contigo una vez. Tu manera de comportarte puede conseguir que quiera hacerlo de nuevo.
Y tú, si preguntases hoy a quienes trabajan contigo, ¿qué pequeños comportamientos dirían que definen tu forma de ser profesional?

