Diferenciación. Aprende, pero sin convertirte en camaleón

Mucho antes de dedicarme por completo a trabajar en Marca Personal ya llevaba tiempo leyendo y aprendiendo de autores anglosajones que hablaban de esta materia. Estudiar y analizar lo que dicen otros es lo normal cuando tratas de aprender algo que desconoces.

A medida que avanzas en el conocimiento de una materia, te das cuenta de que hay cosas que te sirven y otras que no. Algunas ideas son aplicables y otras no lo son tanto porque los tiempos han cambiado o porque las circunstancias de los autores no tienen nada que ver con las de tu entorno. Así que, poco a poco vas dándole tu propia forma a los conceptos.

Esto pasa también en la empresa o en los negocios. Al principio imitas y obedeces. Si es tu primer empleo o te asignan un trabajo diferente al que llevas desarrollando durante años, tratas de hacer las cosas «como se han hecho siempre aquí». Pero, si quieres aumentar tu valor y tus opciones, lo lógico es que vayas aportando ideas propias y formas diferentes de desempeñar una tarea.

En mi caso, poco a poco he ido eliminando gran parte de lo aprendido de los autores, casi todos norteamericanos, y he creado mi propio sistema y métodos para hacer las cosas. Si vas a limitarte a hacer lo que hacen otros, me quedo el original.

La imitación paraliza

Durante los años que llevo desarrollando métodos propios me he encontrado con momentos de parálisis o de estancamiento. Analizando posteriormente esas situaciones he descubierto que me estaba empeñando en hacer algo que había aprendido de otros o incluso insistiendo en cosas propias que ya no funcionaban.

Por ejemplo, si llevas tiempo en Internet, me refiero al mundo anterior a lo dospuntocero, habrás visto que todo cambia casi cada día.

Los consejos de hace un año sobre el uso de Redes Sociales ya no sirven. Las herramientas aparecen, cambian y desaparecen. Desde el año 2004 en que llevo generando contenidos o incluso antes, en 1994 en que me conecté por primera vez a La Red, todo esto no ha parado de cambiar. Y así con todo, con el empleo, los profesionales o las cualidades necesarias para progresar.

Así que no puedes estar todo el día jugando el partido mientras miras el marcador. Debes tener claras las reglas más o menos estables e ir a tu puta bola.

La imitación diluye tu identidad

Si te gusta un tema e investigas sobre él, ¿No tienes la sensación de que todo el mundo dice lo mismo y de la misma forma?

Cuando recibo cada mañana las Alertas de Google sobre los temas que me interesan, veo los mismos decálogos, definiciones sacadas de la Wikipedia y propuestas clónicas.

Cuando haces una búsqueda sobre un asunto, descubres que las primeras páginas de Google están llenas de contenidos idénticos.

Cuando entras a Instagram ves el mismo tipo de imágenes en los mismos sitios. Es como la clásica foto del turista sujetando la Torre inclinada de Pisa del mundo analógico pero llevado a la locura.

Y así no dejas huella.

Al limitarte a imitar y seguir instrucciones sabiendo que hay cosas mejorables, estás diluyendo tu identidad. Dejas de ser tú, para ser un simple apéndice o repetidor de lo que otros han hecho antes. El problema es que, normalmente, lo haces peor y, además, la culpa será tuya aunque los métodos sean ajenos.

Si quieres que se conozca y reconozca tu propia identidad debes ir añadiendo, eliminando o modificando aspectos que te vayan distinguiendo. Puede ser un estilo propio, puede tratarse de incluir una técnica nueva, puedes añadir elementos que vienen de otras disciplinas, puedes eliminar tareas y acciones que no aportan nada pero que se mantienen porque «siempre se ha hecho así»,…

Salvo que seas un camaleón y tu supervivencia dependa de que el depredador no te detecte, los demás basamos nuestro progreso en justo lo contrario, en destacar por algo valioso en un mundo uniforme, homogéneo y repetitivo.

La imitación puede ir en contra de tus valores y creencias

Con mucha, muchísima frecuencia mis amigos más introducidos en el mundo de los negocios de Internet se empeñan en convencerme de que debería crear una Lista de Correo, que debería escribir una Newsletter, apuntarme a todas las plataformas que van surgiendo porque el Blog o métodos más tradicionales de mostrar mi trabajo «están muertos», que debería tener un «funnel», que lo que «funciona» es TikTok mientras que una web propia como esta no la ve nadie.

¿Sabes qué? Qué posiblemente tengan razón y que algunas de esas técnicas funcionen bien o muy bien. Pero, además de que basta que me digan que hay que hacer algo porque todo el mundo lo hace para que yo me cambie de acera, es que no me gustan muchas de esas técnicas. Hay algo que me repele, que ética y estéticamente están muy alejados de mis ideas y creencias (quizás equivocadas).

Si aborrezco que me llenen el correo de Newsletters porque en su momento cometí el error de suscribirme porque ofrecían un maravilloso manual que al final eran cuatro páginas con un par de ideas obvias, no voy a hacer yo lo mismo. ¿Funciona? Seguramente sí. ¿Lo haría? Indudablemente NO.

Ese es sólo un ejemplo. Pero si te fijas hay montones. Como tendemos a hacer las cosas con el mínimo esfuerzo, y como hoy es fácil buscar información sobre loquesea en La Red, se está produciendo un efecto terrible a la hora de hacer las cosas. Y es que todo parece lo mismo. Como decía Thatcher, «Si nuestra única oportunidad es la de ser iguales, no es una oportunidad».

Aunque suene a tópico, busca tu esencia, descarta aquello que de repele, sigue tu instinto, prueba cosas que todo el mundo ha desechado y rechaza otras que todos asumen como imprescindibles o inmutables. Cuando dejas de disfrazarte de otros, cuando cambias tu traje de camuflaje por otro de colores, quizás te estrelles (aunque seguramente no), pero eso es mejor que existir viviendo la vida de otros.

Está bien subirte a hombros de gigantes, pero todavía es mejor ser un gigante o al menos un enano interesante.





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