Hay profesionales que entran en una reunión y, sin hacer nada extraordinario, consiguen que todo resulte más sencillo. Llegan a tiempo, saben cuándo hablar, escuchan, no convierten cada discrepancia en una batalla y, cuando termina la reunión, dejan bastante claro qué van a hacer y cuándo. También están los otros. Los que llegan cinco minutos tarde porque cinco minutos «no son nada». Los que miran el móvil mientras hablas, interrumpen
Hay gente que lleva tres años a punto de empezar. A punto de escribir. A punto de lanzar aquel proyecto. A punto de llamar a determinadas personas. A punto de ordenar su propuesta profesional. A punto de crear una alternativa que le permita depender un poco menos de su empresa, de sus clientes actuales o de las decisiones de otros. Lo curioso es que, durante esos tres años, ha tenido
He dado muchisimas charlas y conferencias y me he encontrado con personas estupendas que me han contado que preparan una presentación durante días. Revisan las diapositivas, afinan cada frase y ensayan las respuestas a las posibles preguntas. Sin embargo, cuando llega el momento de intervenir, he tenido la sensación de que transmiten inseguridad antes incluso de pronunciar la primera palabra. No suele ser un problema de conocimientos. Tampoco de experiencia.
Los profesionales pasamos por ciertas situaciones que nos suenan porque son habituales. Un profesional lleva años haciendo bien su trabajo, acumula experiencia, resuelve problemas complejos y obtiene resultados. Sin embargo, cuando alguien busca una referencia en su sector, su nombre nunca aparece. Mientras tanto, otra persona con menos trayectoria participa en un podcast, publica una tribuna en un medio especializado o concede una entrevista sobre un tema de actualidad. A
Seguro que te has encontrado con profesionales que te sorprenden en una primera reunión. Hablan bien, tienen experiencia y parecen conocer perfectamente su trabajo. Sin embargo, unas semanas después cuesta recordar qué los hacía diferentes. No dejaron una impresión negativa; simplemente no dejaron una impresión duradera. En cambio, también existen personas que nunca necesitan hacer grandes demostraciones. Publican con regularidad, mantienen el mismo criterio cuando hablan con un cliente o
Piensa en un profesional que lleva veinte años acumulando experiencia, resolviendo problemas complejos y tomando decisiones importantes. Sin embargo, cuando alguien quiere saber quién es o qué sabe hacer, solo encuentra un perfil de LinkedIn con el último cambio de empleo y unas cuantas publicaciones perdidas entre cientos de contenidos ajenos. Lo paradójico es que ese profesional sabe mucho más de lo que Internet refleja. El problema no es la
Un profesional decide actualizar su perfil de LinkedIn, redacta una breve descripción sobre sí mismo y, tras unos minutos, descubre que podría intercambiar ese texto con el de decenas de personas de su mismo sector sin que nadie notara la diferencia. Todos parecen ser responsables, comprometidos, orientados a resultados, apasionados por el aprendizaje y capaces de trabajar en equipo. Es una colección de virtudes tan correcta como poco memorable. El
Me encuentro con frecuencia con alumnos o profesionales que se bloquean no por falta de recursos o cualidades sino por algo más interno. Por ejemplo, un profesional brillante lleva años acumulando experiencia, resolviendo problemas y obteniendo buenos resultados. Sin embargo, cuando llega el momento de hablar de sí mismo, compartir lo que sabe o dar un paso hacia una mayor visibilidad, aparece el silencio. No es falta de conocimientos. Tampoco
Un profesional se acerca al final de una reunión con esa sensación que todos hemos experimentado alguna vez: ha trabajado duro, ha cumplido con su parte y, sin embargo, cuando llega el momento de repartir el reconocimiento, su nombre apenas aparece. La reacción más habitual suele ser buscar explicaciones fuera. El jefe no lo valora. La empresa no reconoce el talento. El mercado está saturado. Los algoritmos favorecen a otros.
Hay un momento que se repite más de lo que parece. Alguien escucha hablar de ti, recibe una recomendación o coincide contigo en un evento. La conversación termina bien. Intercambiáis tarjetas o perfiles de LinkedIn y cada uno sigue con su día. Horas después, esa persona decide buscarte. Es el instante en el que muchas oportunidades empiezan… o terminan. Porque lo que encuentre al escribir tu nombre en un buscador









